POR Laura Fernández Palomo, Islas Canarias, España
“Llevé a mi hija al Hospital General. Me preguntaron si tenía alergia a algo, les dije que era celiaca, y me miraron extrañados: ¿celia (sic) qué? Me llevé a la niña”. Si la enfermedad celíaca es una enfermedad desconocida para muchos facultativos, para el resto de la sociedad suena directamente a otro idioma.
Prueben a decir en un restaurante que es usted celiaco. No sabrán qué comida servirles y, es probable, que no caigan en la cuenta de no manipular algún producto con gluten mientras preparan su almuerzo. Sin embargo, uno de cada cien niños que nacen tiene la enfermedad, y muchos de ellos nunca descubren que los vómitos, las diarreas, la anemia que padecen o simplemente unas manchas en la piel, son consecuencia de haber comido macarrones o haber rebozado los calamares en harina, es decir, haber tomado alimentos que contiene gluten.
El gluten para este tipo de personas es veneno. Para el resto es una proteína que se encuentra en la semilla de cereales como el trigo, el centeno, la cebada y la avena y escondida en los conservantes de una multitud de productos manufacturados que plagan los supermercados, además de estar en los componentes de bastantes medicamentos.
“Lo único que comía un poquito era pan, y era lo que le estaba matando”
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